Que no duela en silencio
La salud mental de los jóvenes no es una moda ni una exageración generacional. Es una realidad que atraviesa aulas, casas, pantallas y silencios. Está en las conversaciones que no se tienen, en las madrugadas en vela, en la presión constante por rendir, destacar y sonreír como si nada pesara. Por eso dedicar este espacio a hablar de bienestar emocional no es una concesión sentimental: es una urgencia social.
Durante demasiado tiempo, el malestar juvenil se ha reducido a etiquetas fáciles. “Es la edad”, “ya se les pasará”, “todos hemos estado ahí”... Pero la ansiedad no es una fase pasajera cuando paraliza a una persona. La tristeza no es dramatismo cuando se cronifica en tu día a día. Y el cansancio no es pereza cuando nace de una exigencia permanente por ser productivos, interesantes y felices al mismo tiempo.
Vivimos en una cultura que aplaude el rendimiento y penaliza la vulnerabilidad. Las redes sociales amplifican comparaciones imposibles, los modelos de éxito se multiplican y el error es el equivalente al fracaso público. En ese contexto, pedir ayuda todavía se percibe como debilidad, cuando en realidad es un acto de valentía. ¿Qué mensaje estamos enviando si solo celebramos resultados y no procesos? ¿Qué espacio dejamos para el descanso, la duda o el miedo?
Hablar de salud mental en jóvenes debería ser lo mismo que reconocer que el entorno importa. Que la precariedad, la incertidumbre laboral, la presión académica y la hiperconectividad no son variables neutras. Que no se trata solo de resiliencia individual, sino de responsabilidad colectiva. Familias, centros educativos, instituciones y medios tenemos un papel que asumir.
También implica escuchar sin condescendencia. Entender que esta generación no es más frágil, sino más consciente. Que nombra lo que antes se callaba. Que exige recursos, acompañamiento y políticas públicas que estén a la altura. Y que necesita adultos dispuestos a dialogar, no a minimizar.
Este editorial no busca dramatizar ni ofrecer soluciones simplistas. Pretende abrir un espacio de reflexión. Recordarnos que el bienestar emocional no es un lujo, sino una condición básica para cualquier proyecto de vida. Que cuidar la salud mental no es un gesto individual aislado, sino una inversión en comunidad.
Porque el verdadero peligro no es que los jóvenes hablen de lo que sienten. Es que dejemos de escuchar.