Bonnie Godino: "El sufrimiento de seguir así era mayor que el miedo al cambio"
Tras ser bicampeona de España de gimnasia artística y estar 16 años compitiendo en la élite nacional e internacional, tuvo que dejar atrás la alta competición y la disciplina extrema para priorizarse a sí misma. Además, ha sufrido varios trastornos de la conducta alimentaria durante seis años. Ahora ha empezado otro combate, más íntimo y decisivo: el de reconstruirse lejos de la competición y aprender a vivir sin el peso de la exigencia que la llevó, finalmente, a retirarse del alto nivel. Hoy, aunque todavía recuerde cómo los trastornos de la conducta alimentaria marcaron un antes y un después en su vida, sigue ligada al deporte, pero desde un lugar distinto: más consciente, más humano y menos condicionado por la presión de ser perfecta.
¿A qué edad y por qué empezaste a practicar la gimnasia artística?
Empecé con seis años. Me llamó la atención porque las niñas de mi colegio hacían gimnasia en el patio y yo quería hacer lo mismo. Un día mi madre vio una exhibición de niñas con más nivel y le gustó mucho la disciplina y todo lo que se aprendía: el trabajo en equipo, la superación personal… Así que decidió apuntarme.
¿Cuántas horas entrenabas semanalmente?
Empecé en el gimnasio que había en mi pueblo, cerca de casa, así que al principio no muchas semanales. Poco a poco fui progresando y empecé a entrenar más horas. En la temporada en la que más entrené, de media hacía entre tres y cuatro horas al día, seis días a la semana, y como máximo cinco o seis horas los sábados. No era algo fijo: en épocas de exámenes entrenábamos menos, y cuando ya estaba en la universidad solían ser entre tres y cuatro horas diarias de lunes a sábado; en verano, al tener más tiempo, entrenábamos más.
¿Cómo recuerdas los años de alta competición y qué aprendizajes te llevas?
Tengo recuerdos de todo tipo. Algunas competiciones las disfruté muchísimo, sobre todo las internacionales. Las nacionales o autonómicas me gustaban menos, porque a veces se notaba que las clasificaciones no eran del todo justas. Quiero decir, incluso cuando eres pequeña te dabas cuenta de que, por pertenecer a cierta comunidad o ser de cierto club, algunas gimnastas quedaban por encima aunque no lo hubieran hecho mejor que tú, y eso te frustraba por todo el esfuerzo que había detrás y que solamente veías tú.
A nivel de aprendizaje me llevé muchísimos. Si tuviera que destacar algunos diría: conocer gente, viajar, trabajar por conseguir tus objetivos, el trabajo en equipo, la resiliencia, la gestión de la frustración y el saber volver a intentarlo una y otra vez sin rendirte por muy difícil que sean las cosas. También, aunque me costó un poco más, aprendí a equilibrar el descanso, la alimentación, la preparación física y mental.
¿Cuándo sentiste que el deporte dejaba de ser solo disfrute y empezaba a convertirse en una exigencia?
Se podría decir que de pequeña no era muy consciente, pero cuando comencé a competir sí empecé a tener esa sensación. Yo sentía que mis padres invertían tiempo, dinero y recursos, de manera que me autoimpuse una presión por querer recompensarles y demostrar de alguna forma que estaba aprovechando la oportunidad. Ya en la adolescencia me empecé a dar más cuenta: lo seguía disfrutando, claro, porque si no no continuaría, pero también había mucha exigencia, ganas de obtener resultados y la sensación de que ya no era solo un juego. Creo que esa presión por querer demostrar lo que vales en el deporte de alta competición siempre está ahí, aunque uno no sea del todo consciente; sigues disfrutando el deporte, claro, porque si no no lo harías, pero tienes esa presión constante.
¿Se podría decir que esa sensación fue cambiando a medida que crecías?
Sí, cuando ya estaba en la universidad, esa presión se fue desplazando progresivamente del deporte al ámbito académico. De la misma forma que en la gimnasia sentía presión por obtener resultados por todo el dinero y tiempo que invertían mis padres, tenía muy presente el esfuerzo que mis padres estaban haciendo para que pudiera cursar una carrera universitaria. Por eso, sentía una fuerte responsabilidad por responder a esa inversión con buenas notas. De alguna manera, la autoexigencia que durante años había aplicado al deporte se trasladó casi de forma automática a mi rendimiento académico.
Entonces, ¿se podría decir que tu vida ha estado marcada por la autoexigencia y el sacrificio?
Sí, al cien por cien. Desde los ocho años hasta los veinte años aproximadamente, la gimnasia fue prácticamente toda mi vida. Aunque compaginaba estudios y deporte, los estudios los veía como algo a largo plazo; en el día a día, lo que más me importaba era la gimnasia. Por eso creo que sí, pues al final a la autoexigencia forma parte del deporte de élite, y cuando pasas tantas horas en ese entorno acaba siendo parte de tu personalidad, loo acabas trasladando a otros ámbitos de tu vida como, en mi caso, los estudios o la relación con mi cuerpo, por ejemplo.
Algo que va muy ligado a la autoexigencia es el hecho de que en este deporte se juzga todo el tiempo, hasta el más mínimo detalle o error. En este contexto, ¿cómo fue cambiando tu diálogo interno a lo largo del tiempo?
Dependía mucho de la temporada. Si llegaba bien preparada, con confianza y estabilidad emocional, el diálogo era positivo. Pero en competiciones internacionales, cuando no estabas al nivel, venías de una lesión o no confiabas en ti, por ejemplo, era muy negativo. Creo que esto es bastante común en los deportistas.
Aunque es cierto que, cuando era pequeña, ni siquiera era consciente de lo que era el diálogo interno; mirando atrás, recuerdo que era muy dura conmigo misma. Realmente, no empecé a entenderlo hasta que estudié neurociencias y programación neolingüística. Es cierto que ahora hay más información, puesto que hay psicólogos en clubes, existen pódcast que hablan sobre el tema… pero entonces no se hablaba de nada de eso. Cuando empecé a ser consciente de la importancia del diálogo interno fue cuando empecé a trabajarlo de forma consciente.
Del mismo modo, en deportes estéticos como la gimnasia, el cuerpo está siempre en el centro. ¿Cómo influyó esa mirada constante sobre tu físico en la forma en la que te relacionabas contigo misma y con tu cuerpo?
Realmente, fue cambiando a lo largo de tiempo. Creo que, aunque de pequeña no seas del todo consciente de que se te juzga el físico, sí que te comparas. Empiezas a ver conductas en el colegio, comparaciones, pequeños gestos que parecen inofensivos, pero se van interiorizando. Aunque ahora no pase tanto porque cada vez se ven más tipos de cuerpos dentro del deporte en general, hace tiempo cuando llegaba la adolescencia y con ella los cambios corporales, nadie te explicaba que eso era normal. En mi caso, empecé a ser muy crítica conmigo misma y a no aceptar esos cambios, porque el referente que había tenido siempre eran gimnastas que respondían a un mismo ideal físico. Yo tenía una constitución más fuerte, menos delgada, y eso acabó haciéndome sentir que mi cuerpo no encajaba.
¿Y crees que esta autoexigencia o incluso la manera en la que te juzgaban constantemente influyeron en el posterior desarrollo de los trastornos de la conducta alimentaria de los que has hablado públicamente?
En cierto modo considero que sí, pero no fue lo único. Por un lado, la gimnasia es un deporte muy estético y desde pequeñas ves ciertas conductas que facilitan ese camino: aunque ahora cada vez pase menos, antes se juzgaba mucho el cuerpo, lo que comías, etc. Eso, quieras o no, acababa influyendo en cómo te veías.
Además, en el entorno de la gimnasia había mucha represión emocional; a veces no querías expresar el sufrimiento que pasabas por miedo a ser juzgada. La falta de herramientas emocionales hizo que, cuando se acumularon muchas cosas, “explotara”. Yo lo gestioné a través de la comida y el control del cuerpo, pero podría haber sido otra cosa: depresión, adicciones, escapismo... Pero en mi caso acabé gestionándolo tomando un autocontrol excesivo con la comida que acabaron siendo ortorexia, anorexia, trastorno por atracón y finalmente bulimia.
¿Había espacio para hablar de salud mental o pedir ayuda en el ámbito del deporte de élite?
Creo que, en teoría, sí podría haber habido espacio, pero en la práctica era muy difícil que ese tema saliera a la luz. Quiero decir, en aquel momento, hablar de salud mental no era algo habitual: nadie hablaba de emociones, nadie te explicaba qué te podía estar pasando ni te daba herramientas para identificarlo. Era un tema bastante tabú y, como consecuencia, si tú como niña o adolescente ni siquiera sabías que ese malestar podía tener un nombre, difícilmente ibas a plantearlo o a pedir ayuda. Además, existía la idea de que no podías estar mal. Si te sentías mal, parecía que el problema eras tú, no una situación real que necesitara atención. El sufrimiento se vivía como algo normal dentro del proceso deportivo, casi como una parte inevitable del camino, y eso hacía que no se cuestionara.
Con el paso del tiempo también me he dado cuenta de que hay distintas perspectivas. Yo tengo la visión de cuando era niña, pero al hablar con mi entrenadora, ella lo ve desde una mirada adulta. En mi caso, yo misma me autoimponía la presión de ser perfecta, de no dar problemas y de cumplir siempre con las expectativas. En parte, tampoco me permitía expresar lo que me pasaba. Probablemente, si hubiera dicho abiertamente que no estaba bien, que no estaba disfrutando del deporte o que me sentía mal, tanto mis padres como mis entrenadores habrían respondido con apoyo y se habría buscado una solución.
Hoy, con distancia, creo que nadie actuó con mala intención. Simplemente, era una tendencia social muy marcada: no solo en el deporte, sino a nivel general, la ansiedad, la depresión o los trastornos de la conducta alimentaria eran temas poco conocidos y de los que apenas se hablaba. Sin embargo, también creo que siempre hay una primera persona que abre ese camino. De hecho, al volver a mi antiguo gimnasio, he visto cómo ahora sí se tiene muy en cuenta la salud mental de las niñas y se ha creado un espacio real para hablar de cómo están. Eso, pienso, demuestra que el cambio es posible cuando se empieza a poner el foco en ello.
Y hoy en día, ¿consideras que se puede hablar más de estos temas?
Sí, creo que claramente se habla más que antes. Hoy en día hay mucha más información disponible: existen pódcast, divulgadores y profesionales de la psicología y la psiquiatría con gran visibilidad, y eso hace que estos temas lleguen a muchas más personas. Además, las familias también son cada vez más conscientes y están más atentas al bienestar emocional de sus hijos, algo que antes no estaba tan presente.
Del mismo modo, se está avanzando en educación emocional. Los niños y adolescentes tienen más recursos y más lenguaje para identificar y poner nombre a lo que sienten, lo que facilita que puedan expresarlo y pedir ayuda. Aun así, es importante señalar que no todos los entornos han evolucionado al mismo ritmo: todavía hay contextos en los que hablar de salud mental no está del todo permitido o sigue siendo difícil.
Y ya a nivel personal, ¿Cuál fue el momento en el que entendiste que necesitabas parar y priorizar tu salud mental?
No fue una decisión consciente, sino que fue muy progresivo; de hecho, podría decir que no fui capaz de tomar la decisión por mí misma. Por un lado, mi cuerpo ya no podía más, pero por el otro yo sentía que no tenía derecho a parar, tanto en el ámbito académico como en el deportivo. Por eso digo que fue progresivo: pasó mucho tiempo hasta que no hablé de lo que me pasaba, y fue entonces cuando empecé a priorizar mi salud mental. Ha sido sobre todo en los últimos años cuando realmente lo he hecho y he puesto en “pausa” mi vida deportiva, académica, social, mis proyectos, etc., para poder cuidarme a mí.
¿Cómo te afectó a ti aprender a soltar el control en un contexto que siempre habías querido controlarlo todo?
Con mucho miedo. Pero llega un punto —lo que Tony Robbins, uno de los coaches más famosos de todo Estados Unidos, llama el breakpoint— en el que el sufrimiento de seguir así es mayor que el miedo al cambio. Entonces, cuando el hecho de quedarte en esa situación duele más que el hecho de cambiar, es cuando empieza el verdadero cambio, es cuando superas ese miedo de soltar el control. Al principio hace falta mucho compromiso, mucho apoyo por parte del entorno y aceptar que hay recaídas, pero al final pasa. Entonces ya no quieres volver a todo ese control, obsesión y perfección, por mucho que aparezca algún pensamiento, porque te das cuenta de que estuviste muy mal.
¿Qué ha sido lo más difícil del proceso de recuperación?
Lo primero y más importante fue pedir ayuda. Sin embargo, una vez dado ese paso, lo más difícil ha sido aprender a soltar el control y, especialmente, el apego al peso. Quiero decir, de forma inconsciente ese número se convierte en una medida de valía personal y en un indicador para sentir que mereces amor, reconocimiento o aceptación. Se instala la creencia de que cuanto menos pesas, mejor persona eres, mejor vas a rendir en tu deporte y más te van a querer.
Aunque a nivel racional sabes que esa idea no tiene ninguna base lógica, es una creencia muy arraigada y difícil de desmontar. Lo más complejo ha sido romper con esa asociación y aceptar que ese control, lejos de protegerte, te estaba autodestruyendo. Reconocer que estabas luchando por algo que no te beneficiaba, contarte la verdad y enfrentarte a ello con honestidad ha sido, sin duda, una de las partes más duras del proceso.
Y tras la recuperación, ¿Cómo es hoy tu relación con el cuerpo, el deporte y la comida?
Ha cambiado muchísimo. Con el tiempo me he dado cuenta de la importancia del equilibrio y de que ningún extremo es saludable: ni el exceso ni la ausencia de deporte, ni una relación descuidada con la comida ni una excesivamente restrictiva. Hoy intento relacionarme tanto con la alimentación como con el deporte y conmigo misma desde un enfoque más consciente y respetuoso, priorizando la salud y el bienestar por encima del control o la exigencia.
Antes todo estaba marcado por el miedo: miedo a enfermar, a subir de peso o a perder el control. Cambiar ese enfoque hacia una relación más amable conmigo misma ha sido clave para encontrar estabilidad. Ahora, cuando aparecen pensamientos o conductas que me recuerdan a esa etapa, mirar atrás es suficiente para que pierdan fuerza y reafirmar el camino que quiero seguir.
¿Y sabrías decir qué parte de aquella gimnasta tan exigente y controladora sigue contigo y cuál has dejado atrás?
Creo que mi esencia siempre ha estado y siempre seguirá estando conmigo. Me gusta imaginarlo como una luz a la que, con el tiempo, se le fueron superponiendo distintas capas: la exigencia de ser perfecta, la necesidad de quedar siempre primera, la presión por encajar en un determinado ideal físico o la imposibilidad de expresar emociones. Durante una etapa, esas capas llegaron a ocultar casi por completo quién era realmente, condicionada por todo lo que me hicieron creer que debía ser y por lo que se esperaba de mí.
Con el tiempo, he ido retirando algunas de esas capas, aunque sé que todavía quedan otras por trabajar. Ese proceso de volver a mí ha sido muy bonito y transformador. Lo que permanece es mi esencia; lo que voy dejando atrás son creencias que no me pertenecen, expectativas ajenas y exigencias que asumí como propias, pero que en realidad no definían quién soy.
¿Qué mensaje lanzarías a deportistas que estén pasando por algo similar?
Lo principal y el mensaje más importante que me gustaría transmitir es la importancia de pedir ayuda. La mente suele generar excusas, escenarios irreales y mucho miedo, pero eso forma parte del propio malestar, que intenta mantenerse y no desaparecer. Aunque al principio parezca difícil, dar ese paso suele abrir la puerta a algo muy distinto de lo que uno imagina.
Cuando pides ayuda, lo más habitual es encontrar apoyo: un entrenador, un amigo o un familiar dispuesto a acompañarte y a ayudarte a buscar soluciones. El proceso puede ser largo o corto, pero no tiene por qué hacerse en soledad. Afrontarlo solo es como intentar ir de Barcelona a Madrid caminando; pedir ayuda es ir en avión. Por eso, mi consejo es que hablen con la persona de confianza que primero les venga a la cabeza y, a partir de ahí, empiecen el camino acompañados.