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Diarios de Guerra: Nicolás Valle y los efectos del genocidio de Ruanda

El periodista de TV3 relata su experiencia en Ruanda, un país africano que aún vive bajo el recuerdo de las 800.000 víctimas que causó la matanza.

Nicolás Valle visitó Ruanda seis años después del genocidio (Nicolás Valle / DOBLECHECK)
Nicolás Valle visitó Ruanda seis años después del genocidio (Nicolás Valle / DOBLECHECK)

"La guerra te cambia. A mí me cambió. La gente me avisaba, pero yo no sabía verlo. Cuando vuelves de la guerra la vida aquí es insoportable. Yo no contaba nada a mi familia y estos secretos se iban acumulando en una mochila, hasta que un día se volvió tan pesada que no podía llevarla y exploté. El viaje a Ruanda fue un viaje que hizo darme cuenta de muchas cosas: me había quedado solo y tenía que continuar mi camino".

El genocidio de Ruanda fue un intento de exterminio de la población tutsi por parte de los hutus en el año 1994. El país estaba dividido en dos estamentos dentro de la etnia banyaruanda: una mayoría hutu y una minoría tutsi, que desde la colonización belga había tenido el poder. La necesidad de recursos y el afán de poder alentaron el inicio de aquel sangriento conflicto.

"El genocidio terminó con la vida de 800.000 personas en 100 días. Todo era muy rápido, había gente que sobrevivía porque los hutus no les habían podido matar bien. Cuando fui a Ruanda vi muchísima gente con cicatrices que habían sobrevivido al golpe del machete", confiesa Nicolás Valle. El periodista de la sección internacional de TV3 viajó a Ruanda seis años después del genocidio, pero las huellas aún estaban muy presentes.

Valle confiesa que "cada uno tiene una patria y la suya es África, porque la alegría, el patrimonio y la gente lo convierten en un lugar único". Sin embargo, cuando el reportero llegó por carretera a Ruanda en el año 2000, se encontró con la tristeza absoluta. 

 

Víctimas anónimas

A su llegada a Ruanda, Nicolás observó que la cosa no podía ir a peor. Las palabras de la antropóloga Clea Koff eran ciertas: "En Ruanda había muerto más gente en iglesias que en cualquier otro lugar". Las iglesias y los estadios se habían utilizado para reunir a los tutsis en lugares con pocos medios de escape y anhiquilarlos.  

Aunque habían pasado seis años desde la matanza, Nicolás recuerda el olor que las iglesias aún desprendían: "Era una sensación ahogadora, en el aire había la esencia de las personas que habían perdido la vida; se respiraba ser humano". Al recapitular los recuerdos, el reportero cambia la expresión de su rostro como si las imágenes que vio ese día se hicieran presentes. "Nadie había retirado los cadáveres. Cada uno seguía conservado su ropa, sus gestos y los objetos que se habían llevado de sus casas", recuerda el reportero.  

Los objetos que acompañaban a los cadáveres, ahora convertidos en huesos anónimos apilados en memoriales, mostraban como las familias habían tenido que huir de sus casas con lo que tenían. "Algunos llevaban documentación, otros, fotografías, joyas e incluso encontramos una enciclopedia. La gente se llevaba el pasado".

 

"Era un ambiente ahogador, nadie había retirado los cadáveres"

 

Según el periodista, "el genocidio de Ruanda fue como el exterminio judío. Hubo pueblos en los que no quedó nadie que pudiera identificar a sus familiares o amigos". Sin embargo, Nicolás Valle confiesa que "superado el primer día, sientes la obligación de identificar a las víctimas mediante sus objetos y sus carnets de identidad. Quieres ponerles nombre". 

 

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Las iglesias, seis años después, seguían conservando las víctimas del genocidio (Nicolás Valle / DOBLECHECK)

 

Luz verde al genocidio

"El genocidio de Ruanda se ha analizado como la mayoría de los conflictos africanos: un enfrentamiento tribal. Se conciben estos últimos como si la población africana fuera víctima de un hooliganismo ancestral que la obliga a matar por motivos antropológicos de forma ciega y primitiva", afirma Valle.

Según el periodista, "la única diferencia que distingue los conflictos europeos de los africanos es que estos últimos se hacen en pantalón corto, sandalias y machetes. En cambio, los europeos se realizan con la ayuda de drones, misiles y lustrosos uniformes". Sin embargo, "el origen es el mismo en ambos lugares: recursos y poder".

Para Valle, el genocidio de Ruanda no fue una explosión de cólera sino un conflicto preparado y premeditado, solo necesitaba luz verde: "Durante años, los hutus compraron millones de machetes a ingleses y chinos para almacenarlos hasta tener suficiente munición. Ellos mismos también formaron células y dividieron a todo el país en dos".

Durante la gestación del genocidio, se elaboraron listas que exponían a quién había que matar. Además, el ejército ruandés entrenó a más de 30.000 hutus durante años para que estuvieran preparados. El único elemento que faltaba para hacer funcionar la maquinaria era tener luz verde

"Cuando hubo luz verde, aunque los motivos fueran irracionales, la población empezó a matar de forma racional", recuerda Nicolás Valle.

Los medios de comunicación tuvieron un papel decisivo en fomentar y aumentar el odio entre las tribus, la revista "Kangura" o la "Radio Television Libre des Milles Colines" (RTLM), plataformas controladas por los hutus fueron ejemplos de la manipulación. Ya que, estos medios deshumanizaron durante años a los tutsis llamándolos "cucarachas"

"Esta propaganda contra los tutsis hizo que nadie tuviera reparos en matar a un tutsi; la participación fue masiva", señala el reportero. A través de la radio se avisaba dónde se escondían los tutsis para que los hutus fueran allí a aniquilarlos. En la actualidad hay periodistas en el Tribunal Penal Internacional condenados por estas acciones. 

 

"Cuando hubo luz verde, aunque los motivos fueran irracionales, la población empezó a matar de forma racional"

 

La inacción de los cascos azules

A nivel internacional hubo errores imperdonables. Los hutus mataron durante 100 días sin ningún impedimento. Los cascos azules, que ya estaban en Ruanda antes del genocidio, fueron obligados a no hacer nada bajo la orden de Kofi Annan, ganador del Premio Nobel de la Paz en 2001, que consideró el conflicto un problema interno. A nivel internacional solo se intervino en la búsqueda de los extranjeros que habían quedado atrapados en Ruanda para poder rescatarlos del país. 

Después de su primer viaje a Ruanda, Nicolás Valle volvió a visitar el país en diversas ocasiones. En sus visitas vio como el gobierno tutsi ejercía el poder de forma autoritaria manteniendo a la población bajo el dedo de la acusación. "La permanencia de los recuerdos del genocidio en cualquier rincón del país hace que los ciudadanos no puedan pasar página. Es por ello que Ruanda, en la actualidad, sigue siendo un país triste, ya que el 80% de la población cree que es culpable del genocidio", indica el periodista.

 

Los periodistas 3D

Nicolás Valle ha cubierto más de diez guerras en los últimos años. Algunos ejemplos son la guerra de Bosnia y Herzegovina, el conflicto civil de Argelia, la guerra de Kosovo, el conflicto del Sáhara Occidental y la guerra de Afganistán, entre otros. El periodista ha escrito cuatro libros donde relata su experiencia profesional y personal.

“Es tan duro ir como volver; volver es una tortura. Antes no contaba nada de lo que vivía en la guerra, ahora empiezo a decir las cosas y así me libero. Cuando vuelves aquí te preguntas: ¿Qué hago yo aquí? Cuando te sientes más cómodo en la guerra que viviendo en un lugar tranquilo es cuando debes darte cuenta que algo no va bien. A muchos corresponsales de guerra se les conoce como los periodistas 3D (drunk, depressive, divorced)”, reflexiona el reportero.