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El local de Top Manta, pendiente de ser desalojado

Marta García y Sara Martínez | 18 de diciembre de 2020

El cofundador del sindicato de manteros Lamine Bathily explica su historia, cómo nació la entidad y qué supone la amenaza del desalojo

 

El joven senegalés Lamine Bathily es uno de los cofundadores de Top Manta, cuyo taller de costura, que se encuentra en Barcelona, está a punto de ser desalojado. Para él, este desalojo se presenta como un obstáculo más en el camino que emprendió cuando abandonó su hogar en busca de un futuro mejor, pero no está dispuesto a rendirse, asegura.

A los 18 años, Lamine emprendió el que sería el viaje más duro de su vida. Era 2006 cuando decidió dejar atrás el que había sido su hogar y, con él, a su familia. Sin conocer del todo el peligro que suponía, partió en patera desde Senegal hasta Las Palmas de Gran Canaria con la esperanza de que, al llegar, le esperara una vida mejor. Pero la España que se imaginaba no fue la que se encontró: “Cumplí una condena de tres años al llegar aquí, me encontré sin papeles y, por tanto, no podía trabajar ni ganarme la vida”.

Ahora, con 32 años, Lamine echa la vista atrás y recuerda los primeros años de su partida: “Siempre vives con un miedo constante porque estás con un pie dentro y otro fuera”. No fue hasta que se subió a la patera cuando el senegalés se dio cuenta del peligro al que se había expuesto: “Era un viaje muy arriesgado, no te das cuenta hasta que estás allí”. Con voz apagada, Lamine lamenta cómo se sintió al llegar a España: “Vives en la oscuridad, tienes una vida en la cual no existes”.

“Las persecuciones son como el juego del gato y del ratón”

Al encontrarse sin papeles y, por lo tanto, sin poder trabajar, Lamine dedicó nueve años de su vida a ser vendedor ambulante. Cuando era mantero, Lamine se levantaba muy pronto cada mañana. Cogía su manta, salía a la calle y, como siempre, esperaba a sus compañeros para empezar a trabajar durante todo el día. Para él y los demás, esperarse unos a otros era lo más importante: “Ningún mantero se iría solo porque nos defendemos y nos protegemos entre nosotros”. El inmigrante explica que ser mantero también supone un miedo constante: “Sales a la calle y tienes en la mente que la policía te puede deportar, nunca estoy tranquilo”.

“Sales a la calle y tienes en la mente que la policía te puede deportar, nunca estoy tranquilo”, Lamine Bathily, cofundador de Top Manta

En un día bueno, dice, un mantero puede llegar a ganar 30 euros. Su objetivo es vender la máxima mercancía posible, “pero siempre habrá persecuciones en algún momento del día”. Para Lamine, estas persecuciones son como el juego del gato y del ratón: “Cuando el gato se va, todos los ratones saldremos a ganarnos nuestro queso, pero cuando vemos otra vez al gato, vuelve a empezar el juego”. El joven insiste en que en la calle tienen que estar en constante vigilancia y protegiéndose entre ellos.

“El hombre negro es malo y roba”

Lo que más impactó a Lamine cuando llegó fue la cultura de España. Para él hay un grave estereotipo hacia el hombre negro: “La percepción que tiene la gente de nosotros es que el hombre negro es malo y roba”.

Pero lo que realmente le impactó fue la diferencia entre su país y este. Lamine explica que, de donde viene, el inmigrante siempre es respetado y cuidado. En cambio, considera que aquí el inmigrante está denigrado y no se le ofrece ninguna ayuda. Según Lamine, todo inmigrante debería tener el derecho de venir aquí y poder ganarse la vida de forma legal, “nosotros solo queremos trabajar”. 

Legal Clothing, Illegal People

Fue en 2014, cuando la Guardia Civil intensificó las persecuciones de los manteros, en las que los agentes se empleaban con violencia contra ellos. Una de ellas, llevada a cabo en Salou, terminó con un desenlace trágico: Mor Sylla murió a causa de una brutal paliza tras la irrupción de la policía en su domicilio. Por todos estos hechos, Lamine y varias personas más decidieron fundar Top Manta.

Top Manta es un sindicato que lleva vigente cinco años y que se fundó con el objetivo de dar voz al colectivo de los manteros, que, hasta entonces, había permanecido silenciado. Top Manta forma parte del Sindicato Popular de Vendedores Ambulantes y se dedica plenamente a ayudar a los inmigrantes, ofreciendo ayuda a los recién llegados para facilitar su adaptación a la sociedad. Dan clases de español y catalán y, en ocasiones, han empleado sus instalaciones como albergue para acoger a migrantes sin vivienda.

Lamine y sus compañeros lograron establecer un taller de costura en Barcelona para vender camisetas. Allí las confeccionan y las diseñan con lemas significativos como Legal Clothing, Illegal People. Juegan mucho con frases metafóricas para hacer especial hincapié en la ilegalidad de estas personas al llegar aquí y cómo esta ropa que venden se convierte en legal, cuentan.

Durante el confinamiento de los meses de marzo y abril, pararon su producción de camisetas para confeccionar mascarillas que donaron a hospitales que se encontraban en situaciones muy duras y con falta de recursos.

Lamine BathilyLamine Bathily es retratado con una de las camisetas elaboradas por Top Manta.

“Nos dan las gracias con un desalojo, si hubieran sido personas blancas la cosa cambiaría”

A pesar de toda la ayuda que ofrecieron, el pasado 1 de octubre recibieron una notificación del juzgado en la que se les informaba de un desalojo inminente. Top Manta hizo un video pidiendo por favor que no se produjera tal desalojo. En esa nave no solo se encuentra el Sindicato Popular de Vendedores Ambulantes sino que también el Espacio del Inmigrante y el Sindicato de Vivienda del Raval.

Siete días después se produjo un intento de desalojo en la nave Caracola, donde se encuentra el taller. Acudieron más de un centenar de personas para dar apoyo y se consiguió paralizar. Finalmente el Ayuntamiento de Barcelona declaró que se había llegado a un acuerdo con la entidad financiera ImmoCaixa, propietaria de la nave, para encontrar alternativas conjuntas en las próximas semanas.

Actualmente esta lucha sigue en pie y piden que ahora se les ayude a ellos. El cierre del local comprometería las ayudas que prestan a tantas personas migrantes y reduciría el campo de acción del sindicato. Lamine lo ve claro y concluye afirmando que “nosotros ayudamos en su momento con las mascarillas y ellos nos lo pagan con un desalojo, si hubieran sido personas blancas la cosa habría sido distinta”.

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