Diarios de Guerra: Mònica Bernabé en el conflicto de Afganistán

Durante casi ocho años la periodista catalana vivió en el país sumido en una de las guerras más longevas de los últimos tiempos

En ocasiones Mònica Bernabé vestía hiyab o burka para pasar por una mujer local. (Miguel Mendiguchía)
En ocasiones Mònica Bernabé vestía hiyab o burka para pasar por una mujer local. (Miguel Mendiguchía)

Sus ojos estaban clavados en los pies del soldado que le precedía. Seguir sus huellas era agarrarse al mejor salvavidas posible. Apenas unos minutos antes, una mina había explotado bajo las botas de uno de los militares estadounidenses con los que patrullaba por una ciudad afgana. Recorriendo el camino de vuelta al blindado, Mònica Bernabé (Barcelona, 1972)  reconoce que se preguntaba, “¿qué narices hago yo aquí?”. Esa duda sobrevolaba de forma recurrente sus pensamientos, pero siempre encontraba fuerzas para seguir: “Era la única periodista española establecida allí. Tenía la sensación de que, si yo no publicaba, Afganistán no se explicaría en profundidad”.

Las minas, los bombardeos y tantos otros momentos de tensión vividos en zonas de batalla hacen que los corresponsales de guerra sean tratados casi como héroes. Sin embargo, Mònica, que cubrió durante casi ocho años la información de un país en conflicto constante como Afganistán, huye de esa mitificación: “Se tiene una visión distorsionada del tema. La gente piensa que los corresponsales de guerra estamos en primera línea gritando ¡disparadme!”.
 

"Afganistán fue un campo de batalla más de la Guerra Fría. EEUU financió facciones fundamentalistas"


A Bernabé tampoco le gusta la etiqueta de periodista de guerra. “Me gustan los temas sociales y el periodismo internacional, y en una guerra, lo que más machacado queda es la sociedad”. Tras licenciarse en 1995, empezó a trabajar como periodista local en Sant Cugat antes de recalar en el diario El Punt, donde se ocupaba de asuntos sociales en Barcelona. Siete años después y con muchos viajes a Afganistán de por medio, pidió una excedencia para terminar estableciendo su residencia en el país asiático en 2006. La culpa la tuvo, en parte, Gervasio Sánchez, referente en España del periodismo de conflictos que le animó a vivir en Afganistán: “Si me lo hubiera dicho otra persona, vete a saber, pero me lo dijo Gervasio, que para mí era como Dios bajado a la tierra”.
 

Una calle de Kabul
                                             El caos en la circulación por las calle de Kabul es muy habitual. (Mònica Bernabé)

Un conflicto enquistado

La guerra había estallado en Afganistán cinco años antes, al menos el más mediático de sus episodios. Fue tras los atentados a las Torres Gemelas de Nueva York. “EEUU tenía que reaccionar de cara a la opinión pública y atacó Afganistán porque el gobierno Talibán daba asilo a Bin Laden, supuesto cerebro del 11-S”, explica Bernabé. Aunque todo empezó mucho antes: “Es imposible entender qué ocurre en Afganistán sin mirar más atrás”. Se refiere a 1979: “La URSS intentó invadir Afganistán y el país se convirtió en un campo de batalla más de la Guerra Fría. EEUU financió a facciones fundamentalistas islámicas para que evitaran la invasión soviética”. Y lo consiguieron. En 1989 la URSS se retiró, pero entonces aquellos grupos armados por EEUU comenzaron a pelearse entre ellos por el poder.
 

"El gran monstruo de Afganistán son los criminales de guerra que están en el poder"


“Si preguntas en Afganistán por la época más negra del país, hablan de aquellos años. Se cometieron atrocidades”, cuenta la periodista. Entonces, se buscó una alternativa: “Aparecieron los talibán. También eran fundamentalistas, pero en la zona que controlaban había cierto orden. No bombardeaban a la población y se podía vivir, por eso recibieron el apoyo de Arabia Saudí, Emiratos Árabes Unidos y Pakistán, aliados de Occidente”. Años después, como suele ocurrir, la historia se repitió. Tras los atentados del 11-S, EEUU intervino en Afganistán en una operación casi improvisada: “No estaban preparados, por eso bombardearon el país y enviaron tropas especiales, pero rápidamente recurrieron a las facciones muyahidines que habían quedado arrinconadas tras lo sucedido años atrás para derrocar al gobierno”. Como no podía ser de otra forma, estos pidieron formar parte del nuevo ejecutivo que se formó ese mismo diciembre. “La comunidad internacional lo aceptó, demostrando que es capaz de pactar con el diablo para estabilizar la zona, y ahora el gran monstruo de Afganistán son esos criminales de guerra que están en el poder”, se resigna Mònica.
 

HeridoMina
 Herido por la explosión de una mina, un niño se recupera junto a su padre en un hospital de Kandahar, (Mònica Bernabé)

Barreras informativas

Mientras la comunidad internacional intentaba legitimar un Gobierno plagado de criminales de guerra, a nivel nacional el Gobierno de España pretendía suavizar la información que llegaba de Afganistán: “Desde 2007 a 2012 no tuve acceso a las tropas españolas porque se quiso vender que estaban allí en misión humanitaria y no en una guerra”.

Durante aquellos años la periodista pudo ir empotrada con el Ejército americano y el canadiense, entre otros, pero no con el español. Un fallo de comunicación según Mònica y que suponía “una falta de respeto incluso para los soldados, porque si estaban en una situación de riesgo y había que explicarlo”. Con la llegada del Partido Popular al Gobierno, la situación cambió: “No significa que hicieran todo bien, pero pusieron al frente del Departamento de Comunicación del Ministerio de Defensa a una persona que tenía un punto de vista más claro de lo que era la información”.

 

Provincia de Badghis
             Las tropas españolas estuvieron desplegadas en la provincia de Badghis durante años. (Mònica Bernabé)

La mujer en Afganistán

La actividad de la periodista catalana fue más allá de los textos que enviaba al diario El Mundo. Años antes, en el 2000 y todavía viviendo en España, fundó la Asociación por los Derechos Humanos en Afganistán, con una oficina primero en Barcelona y otra abierta más tarde en Kabul. Su función, ayudar a las mujeres afganas: “Empezamos apoyando con clases de alfabetización”. En Afganistán, las chicas no podían ir a la escuela. También ayudaban a mujeres que estaban en la cárcel por delitos morales: “Si se iban de casa porque las maltrataban, aparecía el fantasma de dónde habían pasado la noche y se las acusaba de adulterio”.

Tras años de colaboración con asociaciones locales, en 2014 cesaron su actividad: “Lo dejamos por falta de fondos y seguridad. Afganistán es un país con mucha corrupción y era necesaria una persona extranjera en el terreno supervisando los proyectos. Tal y como estaban las cosas, decidimos cerrar”.
 

"Las niñas afganas se llevan un susto tremendo cuando les viene su primera regla; no entienden qué les pasa porque es un tema tabú"


La situación de la mujer en Afganistán sigue siendo muy delicada. “Una afgana no te sabrá decir qué son los Derechos Humanos, porque es un concepto occidental, pero siempre digo que las mujeres de allí no son tontas”, argumenta Mónica. Ellas conviven, entre otras cosas, con la injusticia que supone el matrimonio por conveniencia y la falta de educación sexual: “Es un tema tabú y las niñas se llevan un susto tremendo cuando les viene su primera regla porque no entienden qué les pasa”.
 

Mendigos en Kabul
              Los mendigos aprovechan las interminables caravanas para pedir a los conductores. (Mònica Bernabé)

Fin de una etapa

Casi a la vez que terminaban las acciones de la asociación acababa también el tiempo de Mònica informando en Afganistán. A la pregunta de cuál es la solución para el país, si es que tiene, Bernabé sostiene una sonrisa de resignación: “La verdad es que no tengo ni idea. Hay una situación general de impunidad. Los de arriba son lo peor, y con la retirada de tropas y la nula presencia internacional, el sentimiento que hay es el de sálvese quien pueda”. Al mundo ya no le interesa Afganistán, concluye: “En el momento en el que se puso en el poder a los criminales de guerra, la comunidad internacional demostró que no le importaba la población afgana”.

Ese desinterés se tradujo en un apagón mediático sobre Afganistán que terminó afectando a Mònica: “En 2014, con la retirada de tropas, el país dejó de tener interés informativo y me costaba mucho vender noticias. Mi supervivencia era cada vez más difícil”. “Mi cuerpo dijo basta y decidí volver”, sentencia. En 2016, dos años después de abandonar Asia central, volvió a Afganistán: “Al regresar me di cuenta del agobio que suponía vivir allí, aunque lo normalizaba y era mi rutina, el estrés estaba ahí”. Tras dos años de corresponsal en Roma para El Mundo, ahora es Jefa de Internacional del Ara. Gracias a su cargo, tiene en su mano batallar contra aquello que detesta: la "sobreexposición de algunas informaciones" acercando a sus lectores a "realidades más complejas".