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Diarios de Guerra: Eric Hauck en el genocidio de Sarajevo

El periodista recuerda su experiencia en uno de los sucesos más vergonzosos de la historia de Europa: la muerte de un amigo, repatriar su cuerpo, usar el periodismo para salvar vidas, reconstruir la ciudad y crear un vínculo eterno con la capital bosnia.

Eric Hauck (izq.) y Jordi Pujol Puente se prometieron que volverían juntos a Barcelona como fuese. (JORDI PUJOL PUENTE)
Eric Hauck (izq.) y Jordi Pujol Puente se prometieron que volverían juntos a Barcelona como fuese. (JORDI PUJOL PUENTE)

“Nunca salíamos todos juntos porque solo teníamos cuatro chalecos antibalas y éramos cinco, pero era un día tranquilo, sin bombardeos”, confiesa Eric Hauck. Por desgracia, se equivocaban. Periodista del diario Avui, en 1992 viajó a los Balcanes para cubrir la guerra de Bosnia con 24 años. Junto a él marchó su amigo y fotógrafo Jordi Pujol Puente, dos años menor y también catalán. Debían informar del conflicto, y así lo hicieron hasta el 17 de mayo, un día que resultó trágico.

Esa mañana, el grupo de cinco con el que trabajaban se dividió. Dos fueron a entrevistar al vicepresidente de Bosnia y los otros tres decidieron cubrir la manifestación que se celebraba en el centro de Sarajevo para reclamar el fin del asedio. Aquella jornada de trabajo fue la última de Jordi Pujol Puente. Desde la concentración, se asomaron a ver el frente serbio situado sobre la ciudad. Tras confirmar la calma que se respiraba, dieron marcha atrás. Al regresar a la manifestación, un proyectil y la mala suerte se aliaron para acabar con la vida de Jordi.

En la mesa con el enemigo

Semanas antes, la pareja del Avui y otros periodistas habían cenado al lado del verdugo de Pujol Puente. Ratko Mladic, el general serbobosnio que dirigió el genocidio de Sarajevo, ultimaba los detalles del asedio solo unos metros al lado. Después, una vez confirmado el plan, les invitaron a marcharse. Suponían una molestia y unos militares se lo hicieron saber: “En el hotel, a punta de Kalashnikov, nos dijeron que teníamos que irnos. Nos daban de tiempo hasta las cinco de la mañana”. Dos opciones de salida: dejar la zona de conflicto o internarse en Sarajevo, una ciudad que iba a sufrir de forma inminente el asedio serbio.
 

“Nos sentíamos más seguros con 300.000 personas defendiéndose en una ciudad que en una ruta escoltados por militares criminales y borrachos”


Les dijeron que no les matarían, que les abrirían un camino para que se fueran. La decisión fue difícil, pero se quedaron en Sarajevo: “Nos sentíamos más seguros con 300.000 personas defendiéndose en una ciudad que en una ruta escoltados por militares criminales y borrachos. No sabíamos si nos iban a matar en el primer cruce o nos separarían para meternos en campos de concentración".

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La ciudad de Sarajevo y sus habitantes soportaron más de tres años de bombardeos. (JORDI PUJOL PUENTE) 

No fue el único motivo por el que se quedaron. También influyeron las palabras de la jefa de gabinete de Alija Izetbegovic, presidente de Bosnia entonces: “Nos pidió que no nos marcháramos, que contáramos el asedio y fuéramos su altavoz al mundo. Así, quizás, el ataque sería de menor intensidad y podrían defenderse”. Horas después, el 2 de mayo de 1992, Mladic dio orden de sitiar oficialmente Sarajevo. Un asedio que se alargó 1.425 días provocando más de 10.000 muertes. La inmensa mayoría, civiles.

Fueron unos crímenes que, décadas después, resultan difíciles de explicar. Analistas y periodistas han formado el mensaje que ha trascendido con el paso de los años: la guerra fue el resultado de una combinación de factores religiosos, políticos y étnicos. Una justificación tan utilizada como vacía si no se profundiza en cada concepto.
 

“El ejército apoyó a Milosevic porque era quien garantizaba a los militares mantener sus privilegios”


Eric, en cambio, sostiene otra teoría: “La gente se puso del lado de Milosevic (presidente de Serbia desde 1989 hasta 1997) porque era quien le daba de comer. Los militares y sus familias se dieron cuenta de que con la desintegración de Yugoslavia perdían su status de poder y veían peligrar sus privilegios económicos y sociales. Milosevic era quien garantizaba la continuidad de todo eso y así se ganó al Ejército”. Con los mandos contrarios al asedio oportunamente apartados del cuerpo, dio comienzo de forma oficial un cerco que, de facto, ya se estaba produciendo desde jornadas atrás.

Francotiradores sin escrúpulos

Solo ocho periodistas extranjeros permanecieron en la ciudad. El resto, huyó. Eric y Jordi formaron un grupo de trabajo con otras tres personas. La salida de la mayoría de la prensa de la ciudad convirtió el diario Avui en el único medio del mundo que tenía un reportero y un fotógrafo cubriendo el asedio a Sarajevo desde dentro.

Los dos catalanes vivieron la brutalidad de un conflicto en el que la seguridad para los periodistas era inexistente. “Si eras de la prensa te disparaban primero, no nos querían ahí porque contábamos las barbaridades que estaban haciendo”, señala Hauck. Las convenciones de Ginebra, que regulan la guerra desde finales del siglo XIX, no se respetaban en Sarajevo. Ser periodista, aunque fueras identificado y desarmado, no suponía ninguna traba para que te dispararan.

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 Los cadáveres, víctimas de los morteros o los francotiradores, yacían en las calles. (JORDI PUJOL PUENTE) 

La crueldad era infinita con todos, pero el premio gordo eran las familias. Eric Hauck recuerda la estrategia de los francotiradores: “En los cruces, si pasaba una familia, primero disparaban a un niño para que la madre se detuviera, luego a ella en una zona no letal para que se desangrase delante de sus hijos; finalmente, cuando otras personas venían a socorrerles, se los cargaban uno a uno”.
 

Había paquetes vacacionales para ir a matar a Sarajevo. “Por 500 marcos te daban un fusil”


Era casi un juego para los tiradores. Tal era la diversión que en Belgrado había agencias de viaje que ofrecían la experiencia como paquete vacacional. “Te daban un fusil por 500 marcos y te podías ir a matar a Sarajevo”, recuerda Eric con incredulidad. Además, cada muerte suponía una oportunidad para los serbios: “Los funerales había que hacerlos rápido. Si se juntaban 40 o 50 personas en un entierro el Ejército serbobosnio aprovechaba para tirar bombas”.

Un periodista entre bombas

En la guerra, la incertidumbre es el contexto habitual. También para el periodista. Dónde ir, con quién hablar, cómo moverse. “Cada día es distinto. Depende de si has dormido en un refugio, en un hotel o directamente si has podido dormir; de si tienes agua para lavarte o no; de si necesitas imágenes del conflicto o te vale con las fuentes”, explica Hauck. Todo es variable, aunque hay cuestiones inquebrantables: “Hay que huir de los grandes hoteles donde están todos los medios. Acabas quedándote allí y usando la misma información que los demás”. Eric prefería otros enfoques: “Intentaba vivir con y como la gente afectada. Estar con ellos, sufrir con ellos. Una vez describes un combate desde las trincheras, los has contado todos, pero detrás quedan personas en sus refugios con sus deseos y anhelos, con sus historias”.

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La defensa de Sarajevo no estaba tan estructurada como el Ejército serbobosni.  (JORDI PUJOL PUENTE) 

Además, muchas veces era imposible contrastar informaciones relevantes por ambos lados. Eric Hauck era consciente de ello: “A veces contaba la versión de unos y otras la de los otros, nunca tenía la verdad absoluta”. Su contacto en las fuerzas que defendían Sarajevo era el general Jovan Divjak, un militar serbobosnio que había desertado del bando de Milosevic. Estaba al frente de un ejército compuesto, en parte, por presos liberados para la causa y soldados sin experiencia. El contacto con el bando serbobosnio era más complicado. “Siempre cuesta más intimar con el agresor que con el agredido”, explica Hauck.

La calle Sukbunar

Entre francotiradores, bombas y miedos, los habitantes de Sarajevo desafiaban a sus agresores negándose a claudicar. Se reunían en la calle: compraban tabaco, recogían casquillos de bala, leían el periódico –el mítico Oslobodenje, que siguió imprimiéndose y distribuyéndose de forma heroica pese al asedio- y las mujeres lucían sus mejores prendas mostrando a quienes querían acabar con su esperanza que nadie les arrebataría el ánimo y la dignidad.

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Los propios periodistas del Oslobodenje vendían el diario en la calle tras la renuncia de sus distribuidoras. (JORDI PUJOL PUENTE)

En ese ambiente llegó el 17 de mayo. Lo que parecía un día de relativa tranquilidad terminó con la muerte de Jordi Pujol Puente. Volvía a la manifestación por la paz después de avistar el frente junto a David Brauchli, de Associated Press. Lo hacían como debían, protegiéndose con las fachadas y caminando de forma perpendicular a las posiciones serbobosnias, pero tuvieron mala suerte. “Por desgracia, la bomba cayó en la unión entre la calle y la fachada de un edificio de la Calle Sukbunar”, relata Eric.
 

 Antes de morir, Jordi tuvo fuerza para susurrar unas palabras al oído de su compañero


La pared salió despedida hacia ellos. “La chaqueta de Jordi tenía restos de metralla. Jamás he visto nada tan cortante”, recuerda. La piedra afilada perforó los cuerpos de ambos periodistas. A Brauchli le dejó sin un testículo y con heridas en las piernas. El chaleco antibalas hizo su trabajo. Jordi tuvo peor suerte. Su cuerpo, indefenso ante la metralla, fue un blanco fácil tras la explosión. Los trozos de cemento, incisivos como una cuchilla, se incrustaron en su corazón y en su cuello. Eric, conmovido, cuenta que Jordi todavía tuvo fuerzas para susurrar unas palabras al oído de David: “Me noto la sangre muy caliente, creo que me voy a morir”. Un segundo después perdió el conocimiento y jamás lo recuperó. Le llevaron al hospital, pero ya nada se podía hacer. La morgue, junto a decenas de soldados y civiles muertos, fue su destino.

Una repatriación sin ayuda

Después de muchas llamadas, encontraron el cuerpo sin vida de Jordi en el depósito de cadáveres de un hospital. Desde entonces, la prioridad de Hauck fue la de devolver los restos mortales a Barcelona: “Jordi y yo nos prometimos al marchar que volveríamos juntos, fuese como fuese”. Antes, llamó a sus padres para darles la triste noticia. También a su novia: “Era mi mejor amiga. En una charla de bar con ella y Jordi había salido el tema de ir a Bosnia y le convencí”.

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En la morgue se amontonaban los cadáveres de los civiles y los combatientes muertes. (JORDI PUJOL PUENTE)

Para la repatriación, Eric tuvo poca o ninguna ayuda: “La ONU no nos quiso ofrecer un convoy porque no podía garantizar nuestra seguridad y España no tenía diplomacia en Bosnia. Tuve que hablar directamente con los serbios, que lógicamente estaban encantados de que nos fuéramos”.
 

“Le di mil dólares a un italiano por su coche, arranqué el asiento del copiloto, compré una caja de madera, recogí el cuerpo de Jordi de la morgue y conduje hasta Split”


Se ocupó de casi todo él mismo: “Le di mil dólares a un periodista italiano por su coche, arranqué el asiento del copiloto, compré una caja de madera y recogí el cuerpo de Jordi de la morgue. Conduje de noche hasta Split con su cuerpo a mi lado. Allí, un diplomático español nos atendió y pudimos llevar el cuerpo de vuelta en un avión comercial”.

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Jordi (dcha.) era, en palabras de su amigo Eric, “el hombre más feliz del mundo hasta el día de su muerte”. (JORDI PUJOL PUENTE)

Resaca de una tragedia

A su regreso a Barcelona, tras los homenajes a Jordi, Eric se tomó una semana de descanso antes de regresar a la redacción: “Volví, pero todo me parecía banal y absurdo; cuando regresas de la guerra y escuchas hablar a la gente de sus problemas…”. Deja la frase en el aire, pero se le entiende todo.

Su relación con Sarajevo no acabó ahí. Al contrario. Tras la muerte de Jordi algo cambió en Barcelona y Catalunya: “Pascual Maragall -alcalde entonces de la capital catalana- adquirió el compromiso de abrir una oficina en Sarajevo para su reconstrucción una vez finalizara la guerra”. Eric Hauck estuvo al frente de la delegación: “Tuve la oportunidad de ayudar a reconstruir las casas de una ciudad que vi caer. En 1998 me marché de allí entregando 1.200 juegos de llaves de apartamentos reconstruidos en nombre de los ciudadanos de Barcelona y Catalunya”.

26 años después y pese a la tragedia sufrida, Eric recuerda con orgullo la labor que hicieron: “De todo lo sucedido, me queda el consuelo de la decisión de quedarnos en Sarajevo. Salvamos vidas bosnias, perdimos una catalana, pero esta provocó un movimiento y una herencia social que no se ha producido en ningún lugar del mundo. Ese es el mayor legado de Jordi”.